martes, 3 de mayo de 2011

¿COMO ENTENDEMOS EL ARTE?

ME PARECIO MUY INTERESANTE,  AL MENOS LO RELACIONÉ CON LA EXPERIENCIA QUE ESTAMOS VIVIENDO.  SALUDOS AMIGOS

lUnes, 02 de Mayo de 2011 05:30 Fernando Puche

DIARIO DE UN FOTÓGRAFO

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de mayo de 2011
Reconozco que hay libros que me vienen un poco grandes. Más de lo que a mí me gustaría. Aún así termino de leer Cómo entendemos el arte de Michael J. Parsons (Paidós, Barcelona, 2002) y necesito poner en orden algunas de las ideas que el autor vierte en el libro. Al no ser psicólogo ni haber estudiado Bellas Artes me cuesta asimilar conceptos que seguramente para muchas otras personas sean de uso cotidiano. Así que cojo un par de folios y comienzo a hacer esquemas, divisiones, líneas que unen adjetivos, agrupo características, épocas, nombres ... Veamos si ahora puedo verlo un poco más claro.


El autor expone que sus tesis fundamental es que las personas responden de forma distinta al arte porque lo entienden de forma diferente y, por tanto, tienen distintas expectativas sobre cómo debe ser y qué tipo de cualidades conlleva, y cómo se puede juzgar. Y estas expectativas, continúa, afectan profundamente a la reacción que tienen las personas (pág. 23). Michael J. Parsons establece una secuencia común de desarrollo dividida en cinco fases, analizando en cada una de ellas aspectos como el tema, la expresión, el medio, la forma, el estilo y el juicio. Voy a intentar ser tan práctico y tan esquemático como el propio autor del libro y me voy a saltar la metodología y algunos aspectos sobre psicología evolutiva que a mí me sobrepasan.
La fase uno puede entenderse como una especie de punto cero teórico y es aquella en la cual, al ser una criatura más biológica que social, no sabemos adoptar aún la perspectiva de las otras personas y por lo tanto no distinguimos entre su punto de vista y el nuestro. Las características fundamentales de esta fase son el deleite intuitivo, una fuerte atracción por el color y una respuesta asociativa despreocupada ante el tema del cuadro. Los niños pequeños responden estéticamente de forma innata, casi nunca encuentran fallos en las obras de arte, les encantan los colores (son intrínsecamente atractivos, así que cuanto más, mejor) y al haber poca conciencia del punto de vista de los demás, todo se produce en relación a la experiencia propia, no existe nada más ni nada con qué compararlo (páginas 43 y 44). El niño, dice Michael J. Parsons, es ciudadano del ámbito estético por nacimiento y no por educación, y que si no fuese así nunca podríamos iniciarnos en las artes: si no disfrutamos con lo que vemos, no veríamos en ello significado alguno (pág. 50).
La idea que domina la fase dos es el tema y se organiza en torno al concepto de representación, de manera que el objetivo fundamental de una obra de arte es representar algo. Por tanto, ésta es mejor si el tema resulta atractivo y si la representación es realista (pág. 44). Queremos que el arte diga algo acerca de la humanidad. Aunque en todas las fases interpretamos las obras, tanto en esta segunda fase como en la anterior no somos conscientes de ello. Aquí la obra consiste en su tema y es por ello que aún no se comprenda bien lo abstracto y se le compare con aquello que sí se entiende: el arte figurativo. En estas dos primeras fases “preconvencionales” (damos por supuesto lo que vemos) no diferenciamos el juicio de nuestra respuesta a una obra determinada. Todo es lo mismo y nuestro juicio va, por tanto, implícito en nuestra percepción. El autor lo define perfectamente en una sola frase: “Nos gusta lo que creemos que es bueno, y nos parece bueno lo que nos gusta” (pág. 183).
El conocimiento que organiza la fase tres tiene que ver con la expresividad. Esta es la etapa del sentimiento intuitivo. Buscamos en las obras la calidad de la experiencia que pueden producir, y cuánto más intensa e interesante sea la experiencia, mejor serán. Aquí el objetivo del arte es expresar la experiencia de alguien (páginas 45 y 46); cosas subjetivas como estados de ánimo, significados, emociones... Esta subjetividad nos permite ver un propósito expresivo en los estilos no figurativos. El significado de la obra debe situarse en algún lugar intermedio entre el autor y el espectador: la subjetividad del primero implica la del segundo. De esta manera el significado de la obra se interioriza y abandona el espacio público para entrar en la experiencia privada del artista o del público. En esta fase adquirimos conciencia de que debemos captar el significado de la obra en nuestra propia subjetividad (pág. 118) y, por tanto, asumimos nuestra actividad subjetiva como espectadores. Aquí ya somos conscientes de estar interpretando una obra (aunque básicamente consista en emociones e ideas) y de que ésta tiene un “significado más profundo” que aquello que vemos (pág. 149). Es decir, que nuestra interpretación refleja algo de nosotros mismos. Sin embargo, todavía no estamos seguros de cómo buscar ese significado.
La fase cuatro es la fase del estilo y el procedimiento. Además, en el nivel “convencional” (fases tres y cuatro) sabemos distinguir la interpretación de la descripción. Aquí encontramos relevancia principalmente en el detalle de la forma y el medio. Nos damos cuenta de que podemos contrastar las interpretaciones con los hechos de la obra y de que los comentarios de los demás son útiles para ello. Cuando miramos una obra somos una de entre muchas personas que hablan de ella, ven los mismos detalles y se pueden ayudar mutuamente a comprenderlos. La obra no existe entre los dos polos individuales del artista y el espectador, sino en medio de un grupo indefinido de personas que la están reconstruyendo continuamente. Su significado lo establece la comunidad de la que ahora uno es miembro, de forma que la interpretación se convierte en un proceso público en el que contrastamos nuestra idea de una obra con sus detalles y con las interpretaciones de los demás. Y es que una vez hecha la obra, el autor ya no puede ser mas que un miembro del grupo que la debate, así que sus intenciones son útiles no para determinar el significado de la misma, sino como parte del contexto de interpretación (pág. 129). No podemos entender las grandes obras del siglo XX sólo con mirarlas, tal y como hacíamos en la fase anterior, como si las hubiera pintado un amigo con quien nos une una comprensión intuitiva. En la fase cuatro el empleo de los recursos de la comunidad artística implica un reconocimiento de las normas aceptadas, pero no una revisión crítica de las mismas (pág. 181).
La fase cinco es la fase de la autonomía y, por tanto, del juicio. El arte se valora como una forma de suscitar preguntas, más que como una transmisión de verdades, así que el resultado es una viva conciencia del carácter de la experiencia propia y un cuestionamiento de las influencias que recibe (páginas 48 y 49). En esta fase “postconvencional” ya no aceptamos los juicios por la autoridad de la tradición, sino que los analizamos de nuevo para nosotros mismos, y esto nos sitúa directamente ante las dificultades del juicio objetivo: establecer cuándo los juicios reflejan únicamente aspectos particulares de nosotros mismos, y cuándo reflejan algunos cuestiones universales que compartimos con los demás (pág. 179). El juicio siempre es la continuación de nuestra experiencia, pero además aquí también se cuestiona. Utilizamos los ideales tradicionales para interpretar las obras, pero también enjuiciamos el valor de esos ideales. De esta manera, el juicio se hace completamente explícito y adquiere una responsabilidad individual. En esta última fase distinguimos con mayor claridad el juicio de la interpretación, pero como afirma Michael J. Parsons, uno ha de ganarse el derecho a disentir. ¿Cómo? Comprendiendo aquello con lo que podamos, o no, estar en desacuerdo.
Por supuesto mi intención no es rebatir al autor (me faltan demasiados conocimientos para hacer tal cosa y además no es mi pretensión), así que ahora que ya he resumido lo subrayado y pasado a limpio lo extraído en folios sueltos, me viene a la cabeza una pregunta: ¿de qué me sirve todo esto? De momento me sirve para mirarme al espejo y darme cuenta de mis carencias. Soy consciente de que sé apreciar las obras fotográficas al margen de los colores y de los temas que tratan. Es decir, que no me afecta el color ni el tema a la hora de juzgarlas. Desde este punto de vista puedo afirmar que dejé atrás hace ya mucho tiempo las fases uno y dos. Como fotógrafo de naturaleza que da mucha importancia a las sensaciones, también soy consciente de que, por defecto, el primer impacto que evalúo es el emocional: cómo me afecta la obra y cómo interiorizo esa experiencia. Pero como persona que lleva unos cuantos años haciendo fotos, también sé que no puedo dejarme llevar por esta primera impresión exclusivamente subjetiva que deja fuera otros aspectos esenciales de la obra.
Hasta aquí todo bien. Voy suelto, mi autoestima no ha sufrido y llevo el viento a favor. Pero resulta que llego a la fase cuatro, es decir, al mundo académico, y la cuesta se empina tanto que me tengo que bajar de la bici. Aún así no me detengo, muchos ciclistas han tenido que coronar ciertos puertos empujando su vehículo de dos ruedas. Aquí toca incluir a la comunidad en nuestras evaluaciones y contrastarlas con las interpretaciones de los demás. Éste es precisamente el problema: mi falta de conocimiento, no sólo de la Historia del arte, sino también de la Historia de la fotografía. Con una formación mediana uno puede lograr encuadrar una determinada obra dentro de un estilo concreto, pero además hay que saber evaluarla a través de los innumerables patrones que caracterizan estilos, tendencias, escuelas de pensamiento, doctrinas visuales e ideologías estéticas. Quizá sea imposible conocerlo todo, pero un conocimiento general de la Historia nos ofrece una herramienta muy útil para contextualizar una obra y poderla colocar en su sitio. Esto nos permite contrastarla con el resto de obras con las que comparte discurso, estética y objetivos.
Finalmente tengo que parar y sentarme en la cuneta: no es que la pendiente sea exagerada para mis piernas, es que me han salido al paso un par de gendarmes que me informan de que no puedo seguir subiendo. Ya entiendo, he llegado a la fase cinco y efectivamente no dispongo de las herramientas necesarias pata internarme en su territorio. Yo no doy por supuesto lo que veo, sé que el significado de una obra también tiene que ver con mi propia percepción de la misma, pero me faltan recursos para contrastar mi idea de esa misma obra con las interpretaciones de los demás y, por tanto, no puedo emitir un juicio plenamente “objetivo” pues mis valoraciones se basan en exceso en aspectos particulares míos propios. Evidentemente puedo cuestionar los juicios de otros, pero siempre será en base a criterios particulares y casi nunca debido a esos ideales tradicionales que componen la Historia del arte y la fotografía.
Reconozco que es un poco frustrante abrir los ojos a todas las limitaciones que uno tiene, pero al mismo tiempo también tomas conciencia de cómo han sido evaluadas tus propias fotos por los demás. En mi caso me sirve para darme cuenta de que muchas personas −supuestamente especializadas− que han opinado acerca de mis maravillosas imágenes de árboles, ríos y montañas, tenían una formación similar o inferior a la mía. Alguien pensará que es una afirmación gratuita, pero si hay algo a lo que me negué cuando comencé a escribir este diario es a que se convirtiese en un ajuste de cuentas. Eso nunca. Además si hay alguna cuenta que ajustar en este diario, tengo claro que es conmigo mismo, con nadie más. Así que continuemos. Cuando tardas dos años en completar tus dos primeras series de exposiciones múltiples, y seis meses más en escanear y hacer unas cuantas copias para poder mostrar el trabajo, y alguien tarda minuto y medio en verlas y decir que “son bonitas”, en fin..., que a uno no le sienta demasiado bien. Y no es que mis fotos no sean bonitas (que lo son a rabiar), es que después de treinta meses de trabajo fotográfico, uno espera que le hagan algún comentario que no sea de fase dos. Cuando este tipo de análisis me lo hace mi hija de tres años, me río y le respondo que sí, que las fotos de papá son preciosas. Cuando me lo hacen en una galería de arte, entonces me entran ganas de sentarme en el bordillo más cercano y echarme a llorar.
Pero dejemos a los demás y volvamos al tipo del espejo. ¿Qué hago yo cuando tengo delante un puñado de fotos? Ya lo sabéis: respiro hondo, muy hondo, procuro aparcar mis prejuicios, me recuerdo a mí mismo que no tengo que dejarme llevar por mis emociones y tiro de experiencia para intentar aportar algo constructivo a la persona que espera de mí algo más que un juicio sobre el color de sus fotos o mis gustos personales. Procuro sumergirme en sus imágenes, entender un poco más de lo que yo deduzco a primera vista, pregunto los datos que me faltan, compruebo coherencia conceptual, homogeneidad estilística, posibles alternativas y alguna posibilidad de mejora. Sé que seguramente no podré ubicar esas mismas imágenes dentro de la Historia, pero intento compensarlo con implicación. Y precisamente porque soy consciente de mis limitaciones, no le pido a los demás lo que yo no puedo darles. Pero joder, al menos un comentario de fase cuatro. Y creo que no pido demasiado; al fin y al cabo hay un montón de personas por ahí cobrando por hacer esto.

www.fernandopuche.net
Nota: por deseo del autor, solo queda publicado en web el post más reciente de su colección "Diario de un fotógrafo".

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